lo que debes conocer

Rah Pahtib es más bajito que otros niños de su edad. Tiene 11 años, una mirada inteligente y una lengua rápida. Es más bajito, pero tiene ya el aplomo suficiente para explicar de carrerilla, sin trabarse, cómo ha creado su primer videojuego. Le ha ayudado un compañero, pero la idea es toda suya, insiste

Sin recursos naturales, este país de cinco millones de habitantes, que ocupa poco más de 700 kilómetros cuadrados, tiene muy claro cuál es su materia prima: su gente, el talento de sus habitantes. En su proyecto de convertirse en el primer país inteligente del mundo, en el que la tecnología sea el principio y el fin, la educación adquiere un papel esencial. Alguien va a tener que dirigir, que desarrollar esta revolución digital; alguien tiene que heredar el legado tecnológico que está iniciándose. Necesitan jóvenes que sepan programar drones, videojuegos, circuitos, aplicaciones, robots… «Es la diferencia entre un país que consume tecnología y un país que crea tecnología», explican fuentes del Gobierno. La tecnología tiene un valor tan vital, tan estratégico para Singapur —una ciudad-Estado rodeada de países que lo multiplican decenas de veces en tamaño— que el Gobierno se lo está inculcando ya a las nuevas generaciones.

Jugar con robots desde los tres años

Para conseguirlo empiezan desde el principio, desde las escuelas infantiles. El proyecto, llamado Playmaker, empezó hace dos años, está instaurado en 160 escuelas e incluye ya a 10.000 alumnos de entre tres y seis años, según las cifras oficiales. El objetivo del Gobierno es que los niños empiecen a desarrollar desde pequeños el pensamiento computacional, es decir, que comiencen de forma natural a razonar también en clave tecnológica. Para lograrlo no utilizan tabletas, sino juguetes programables y robotizados.

La Yuhua PCF, al oeste de Singapur, fue una de las primeras escuelas piloto que aplicó este programa. Situada en un área de viviendas de protección oficial, los altos bloques de hormigón coloreado custodian esta pequeña escuela infantil. Es obligatorio quitarse los zapatos, desinfectarse las manos y tomarse la temperatura antes de entrar a las aulas. En cada una de ellas, hay una docena de niños emocionados ante la visita de extranjeros. «¡Miradlos, son muchos!», dice una pequeña mientras se lanza a parlotear en inglés. Está jugando con Beebot y tres compañeras. Se saben de memoria el mecanismo: tienes que programar a esta abeja robotizada para que llegue a un punto determinado. Las risas resuenan. No importa que se consiga o no el objetivo. «Es el juguete favorito de cada la clase», explica la profesora de los niños.

Fuente: http://tecnologia.elpais.com/tecnologia/2016/05/24/actualidad/1464106787_876822.html